Evita, mi abuela y los jubilados hoy.

La última batalla se dio en el patio de su casa, no alcancé a bajarme de la bici que me tiró la última bomba: "qué cómo el gobierno le va a dar jubilación a todos los que nunca aportaron nada, mientras nosotros nos pasamos toda la vida aportando, y que es una injusticia nena y que está todo mal en el país"…y otra vez volver a empezar.
Un par de días después leí la nota donde Sandra Russo analiza la victoria de Piñera en Chile y la compara con la Bolivia de Evo. Entre varias reflexiones hay una idea que grafica lo que surge en cada una de esas charlas con mi abuela: han disfrazado la equidad de amenaza. Dice Russo:
"Hace unos días un hombre más bien pobre, que criticaba furiosamente al gobierno argentino, gritaba que él se había esforzado por pagar su jubilación y que ahora resulta que más de dos millones de vagos que no aportaron gozarán de su mismo beneficio. Eso es lo que han hecho con la idea del Estado: subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad es una amenaza".
Ayer en la mesa del Domingo, mi abuela empezó a contar por enésima vez una de mis anécdotas favoritas: Cuando terminó el secundario fueron con sus compañeras del “Liceo de Señoritas” a pedirle a Evita que les ayudara para poder irse de viaje de egresados. Habían viajado de Mendoza a Buenos Aires exclusivamente para eso, estaban ya en la puerta del despacho de Eva y ninguna de sus amigas se animaba a entrar. Mi abuela lo cuenta como si lo volviera a vivirlo: ella quería que entrara alguna de sus compañeras de apellidos reconocidos, todas ellas iban bien vestidas, cómo iba a entrar ella, que iba así nomás con su pulcra pollerita blanca y sus medias por debajo de la rodilla. Pero se animó y entró. Describe a Evita como una mujer hermosa, que claro accedió sonriendo al pedido: les pagaron el soñado viaje.
Sin darse cuenta, mi abuela me dió la oportunidad de retrucar el último reproche de las jubilaciones. Apenas terminó de contar la anécdota le dije: "y ustedes abuela, ¿Cómo no pagaron aquel viaje? Fue un regalo! qué injusticia!" Por un segundo se hizo un silencio en la mesa, y lo único que le dije fue que aquella vez, pero más aún hoy en el caso de los jubilados, no fue más que una cuestión de derechos.
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